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SOCIALISMO E IGUALDAD PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Marco Velasco   
lunes, 10 de septiembre de 2007
Por: Marco Velasco A propósito de la tesis central de Heinz Dieterich, según la cual, en el socialismo del siglo XXI el salario equivaldrá directa y absolutamente al tiempo laborado, sin considerar ninguna otra variable, creo necesario efectuar las siguientes reflexiones, en función de que quienes rechazamos, por desquiciada, la concepción de Dieterich, no dejamos por ello de reconocer la necesidad tanto de reducir la pobreza como de mejorar la distribución del ingreso haciéndola más equitativa y justa. Redistribuir es distribuir de una manera distinta a como hoy están distribuida la riqueza existente. Lo cual supone que, si la riqueza se mantiene constante, alguien sale perdiendo en la redistribución. Alguien pierde lo que otro gana. Propuesta que, para la derecha más conservadora, contradice el óptimo de Pareto, según el cual sólo un cambio que no deje a nadie en peores condiciones que antes puede considerarse promotor de bienestar. Si se quiere redistribuir es por que se considera que la actual distribución es desigual. Se trata, entonces, de que la distribución sea menos desigual. Porque habría que estar francamente chiflado para pretender que la igualdad sea absoluta. Aunque se han producido experimentos criminales inspirados en el propósito de llegar a la absoluta igualdad. Y lo han logrado... en los campos de concentración y en las fosas comunes, sin duda que la igualdad es absoluta. El caso de Camboya bajo el dominio del comunismo de Pol Pot y los “jemeres rojos” (1963) es quizá el más famoso de los experimentos igualitaristas, en virtud del fanatismo, la crueldad y la demencialidad de sus métodos, que dejaron a más de un millón de personas perfectamente igualadas en la muerte. La distribución siempre se realiza con arreglo a algún criterio. “De cada quien según su capacidad, a cada quien según su trabajo” reza el principio básico del socialismo del siglo XIX. Este principio, paradójicamente, supone que no somos iguales, que, al contrario, somos distintos, desiguales, por lo menos en lo que respecta a capacidades. En cuanto al trabajo o a los trabajos, se supone que también son diversos, distintos, desiguales, no solo en cuanto a sus resultados (bienes y servicios, valores de uso diversos) si no también en cuanto a su calidad, a su intensidad (diferencia de esfuerzos) y a su calificación, hacerse médico es, obviamente, más costoso que graduarse de jardinero. Bien se puede sostener que los miembros del género humano somos tanto iguales como diversos. Los seres humanos somos iguales y desiguales al mismo tiempo. Con enorme sabiduría uno de los personajes de El nombre de la rosa (Umberto Eco) sostiene que “...hay identidad entre hombres distintos en cuanto a su forma sustancial, y diversidad en cuanto a los accidentes, o sea en cuanto a sus terminaciones superficiales.” Las propuestas democráticas enfatizan principalmente en los aspectos en los que los humanos somos iguales, es decir en la sustancia, en la común humanidad, aunque en ciertas circunstancias adquieren significación las características que nos diferencian. ¿En qué consiste pues la igualdad? En considerar irrelevantes ciertas diferencias realmente existentes, por ejemplo la de género, para efecto de postular la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, o la de ingresos, para efecto de postular la igualdad de oportunidades. Y esta igualdad se considera justa. Mientras que se consideraría injusto que un profesional de alta calificación, con títulos académicos de cuarto nivel, gane lo mismo que el operario del servicio de recolección de deshechos. Y es paradójico que esta convicción de injusticia, sustentada en las diferencias, resulte rigurosamente consistente con la regla de oro del socialismo del siglo XIX: “De cada quien según su capacidad, a cada quien según su trabajo” De donde se deduce que no todas las desigualdades son injustas: por ejemplo la desigualdad de ingresos atribuible a diversos niveles de calificación de la fuerza de trabajo, o de esfuerzo, sacrificio y perseverancia, se considera justa, aunque se discutan los límites admisibles de la desigualdad. ¿Por qué la izquierda enfatiza en la necesidad de redistribuir la riqueza? Es de suponer que lo hace porque considera que, en el Ecuador, América Latina y el planeta, la desigualdad de ingresos ha superado los límites de lo admisible, determinados, claro está, por la satisfacción de necesidades básicas. Dicho de otro modo, la desigualdad no puede ser tan grande como para imposibilitar que amplios segmentos de la población ni siquiera puedan satisfacer sus necesidades básicas. No veo entonces problema en que, desde posiciones moderadas, sean liberales o socialistas, se admita la necesidad de reducir las desigualdades económicas. Es más, bien podría postularse la existencia de un socialismo liberal que está siendo económicamente exitoso en países como Chile e, incluso, Brasil; países que no solamente están creciendo sino también reduciendo los porcentajes de población en condiciones de pobreza. No veo tampoco razones de fondo por las cuales los socialistas deban oponerse o minimizar la necesidad del crecimiento económico, de la productividad, de la competitividad, puesto que la redistribución, al menos en el Ecuador, no sería tanto de la riqueza sino más bien de la pobreza, considerando nuestro PIB per cápita en relación solamente con el de los países de mayor desarrollo de América Latina como, por ejemplo, Argentina y Chile.
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