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Donde la razón no alcanza PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Francisco Febres Cordero   
domingo, 09 de septiembre de 2007
La fe está allí, donde la razón no alcanza. Y, según parece, ha logrado taladrar la conciencia de quienes rodean al Presidente de la República, convertido en el sumo sacerdote de una nueva doctrina en esta hora de incertidumbres, cavilaciones, quebraduras.

Ahí está el gran propagador de la esperanza lanzando a los cuatro vientos su evangelio, mientras sus apóstoles, arrobados, contemplan cómo multiplica los peces y los panes para dar de comer a los hambrientos, cómo cura a los enfermos, perdona a los pecadores y resucita a los muertos.

Ellos creen. Han dejado sus cosas, y le siguen. Están dispuestos a soportar todos los sacrificios porque tienen la certeza de que, al final, llegará la salvación, en un mundo mejor donde primen la justicia y la equidad.

Él camina sobre las aguas, mueve montañas, separa los mares mientras apostrofa que la patria ya es de todos. Y ellos le creen. Y repiten: la patria ya es de todos. Él nos lo ha dicho. Y su palabra basta.

Caminan, ilusionada, alegremente en pos de su tierra prometida, allá donde se instaurará la revolución del siglo XXI, que solo Él dice saber dónde se encuentra. Y ellos le siguen. Nadie, sino Él, sabe en qué consistirá. Y ellos le siguen. Él asegura que la tal revolución se irá construyendo en el camino, paso a paso, y que sus fronteras quedan aún por definirse. Y ellos le siguen. Y la pregonan. ¿Adónde van? se les pregunta. Caminamos, responden, hacia la revolución del siglo XXI. ¿Y en qué consiste? se les pregunta. Ya nos lo dirá Él en su momento, responden con una mirada humedecida por la admiración y la esperanza.

Cada cierto trecho, Él, andariego impenitente, se detiene. Con su verbo latigueante azota a aquellos fariseos que osan dudar de sus verdades, que se atreven a contradecirle. Es despiadado con aquellos que se niegan a aceptar sus revelaciones. Y, con imprecaciones humeantes, sulfurosas, los envía al infierno, allá donde moran todos los réprobos, todos los impíos. Contra ellos no se para en denuestos ni en categorías: allí entran todos los que no creen ciegamente en su palabra. Y, con ello, enfervoriza a sus seguidores que piden, como unos Savonarolas redivivos, ¡hoguera para los réprobos, infierno para los impíos!

Amenaza, zahiere, grita, poseído como está por la certeza de que es el dueño de todas las certezas. Solo Él conoce las respuestas a todas las preguntas y por eso lleva a su pueblo a la Asamblea, lugar desde donde descenderá el maná y desde donde Él hará el milagro mayor, tan esperado, de convertir las piedras en los panes de una nueva Constitución, con la cual se alimentará el porvenir. Nada ni nadie le detiene en sus afanes de  pregonar de manera incesante las muchas virtualidades de su tarea, a fin de ganar el favor del voto de quienes aún están envueltos en el manto negro de la duda.

La concertación, la paz, vendrán luego, promete Él cuando alguien le reclama por tanta confrontación, por tanta intemperancia, por tanta intransigencia.

Mientras tanto, solo queda su palabra. Creer en ella es asunto de fe. Y la fe se tiene o no se tiene, porque está allí donde la razón no alcanza.
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