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Un miserable oficio PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Francisco Febres Cordero   
domingo, 27 de mayo de 2007
Merced a una de las penúltimas enseñanzas de quien, luego de una singladura pintoresca matizada con vómito y mareos, a su rango de Presidente de la República sumó el de Gran Almirante del bergantín que cruza los procelosos mares del idioma, he llegado a entender que la miseria humana está radicada en el oficio periodístico, propio de los miserables.

Unos miserables dados al ejercicio cotidiano de escarbar la verdad, por más que ella se encuentre oculta entre detritus, miasmas y ambiciones perversas.

Unos miserables que husmean en los basurales de la historia, para sacar a la luz las podredumbres.

Unos miserables que desafían al poder para desempolvar sus corruptelas.

Unos miserables que deambulan por el mundo con sus ojos absortos, sin más cargamento que su palabra, para compartir con los otros sus vivencias. Con la curiosidad como único alimento, se revisten de juglares en las gestas gloriosas, pero también de notarios para dar fe de los muchos horrores que el hombre es capaz de cometer.

Unos miserables que estorban con sus dudas a los que se creen propietarios de todas las certezas.

Unos miserables que se solidarizan con las causas perdidas y no piden tregua en las batallas, aunque de antemano sepan que la victoria no les pertenece.

Unos miserables que se revelan, se revuelven, gritan para alertar las trapacerías, para denunciar las triquiñuelas, para poner en evidencia las mentiras.

Unos miserables que no se arredran ante las amenazas y muchas veces caen abatidos por el fuego cruzado de los grandes beneficiarios del silencio.

Unos miserables que buscan caminar por la ruta de aquel que escogió el doloroso sendero del destierro antes que acatar la omnímoda voluntad del sátrapa. Y que, desde más allá de la pobreza y el desarraigo, escribió furibundos panfletos en los que, con voz altiva y digna, llamó tirano a aquel que hizo del látigo un instrumento de gobierno, y no cejó en su lucha hasta verlo caer fulminado por el agudo estilete de su pluma.

Unos miserables que no se someten a escribir lo que les dictan aquellos que tienen alma de eso: de dictadores. Esos que hacen tabla rasa de las leyes, de las instituciones, de las normas, porque ven en ellas una atadura para su voluntarismo, para su caprichosa, terca necedad, para su vanidoso sueño de ser reconocidos como los herederos de los más grandes personajes de la historia.

Unos miserables que son reconocibles. Como son también reconocibles esos que traicionan con sus silencios, con sus intencionales tergiversaciones de los hechos, con el uso bastardo de sus medios para buscar impunidad en las truhanerías cometidas cuando fungían de banqueros, con su venalidad, a este oficio miserable al que muchos hemos dedicado nuestra vida en obediencia a un íntimo llamado que nos impulsa, sencillamente, a hablar.

Y nos obliga a seguir haciéndolo, con furia redoblada, en estos tiempos de soberbia y prepotencia en los que, quien mejor y más visiblemente las encarna, me ha compelido a revisar las humildes razones del miserable oficio que ejercemos.
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